Voces de Economía Humana es un espacio para escuchar a las personas detrás de las ideas. Conversaciones íntimas con quienes están explorando nuevas formas de entender el bienestar, el desarrollo y la economía poniendo la vida en el centro.
Conocimos a Edwin Trevor-Roberts en Bután, durante el GNH Forum, en un contexto donde la felicidad, el bienestar y el desarrollo humano no eran ideas abstractas, sino preguntas vivas.
Edwin lleva más de treinta años acompañando a personas y organizaciones en momentos de cambio profesional. Investigador, consultor y CEO de Trevor-Roberts, su mirada une evidencia, experiencia y una profunda sensibilidad por las historias humanas.
Esta conversación nace de una resonancia: su forma de entender el sentido profesional y nuestra forma de leer los intangibles se encontraron en un mismo lugar. Y desde ahí apareció una pregunta compartida: ¿cómo tomamos mejores decisiones cuando el conocimiento ya no es suficiente?
La conversación
— Edwin, si tuvieras que contar tu historia desde el principio, ¿Dónde empieza realmente tu camino?
Empieza con una imagen muy concreta: yo era muy joven y estaba en la empresa de mi padre, que fue una de las primeras personas en Australia en acompañar procesos de transición profesional. Un día vi entrar a una persona profundamente abatida. Había perdido su empleo, estaba triste, confusa, sin dirección.
Entró en una sala. La puerta se cerró. Una hora después salió completamente distinta. Con energía, con esperanza, casi con alegría.
Y recuerdo pensar: ¿qué ha ocurrido ahí dentro?
Ese fue el momento. Quise entender esa transformación. Quise saber cómo una conversación podía devolver claridad a alguien en un momento de tanta vulnerabilidad.
— ¿Y qué descubriste con los años?
Que la vida profesional no está separada de la vida. Lo que hacemos cada día impacta en nuestra familia, en nuestras relaciones, en nuestra salud, en nuestra forma de vernos a nosotros mismos.
Si ayudamos a una persona a vivir su actividad profesional con más sentido, el impacto no se queda solo en ella. Se expande.
Por eso, durante estos años, hemos acompañado a miles de personas en momentos de transición. Y sigo sintiendo que es un privilegio estar cerca de alguien cuando está intentando entender cuál es su siguiente paso.
— Tu enfoque combina investigación, consultoría y una dimensión muy humana. ¿Cómo conviven esas partes?
Para mí son inseparables.
Creo profundamente en la evidencia: necesitamos saber por qué algo funciona. Por eso mi vínculo con la universidad y la investigación ha sido siempre importante.
Pero también creo que tiene que haber algo más. Algo que no siempre se puede explicar del todo, pero que se siente.
Yo suelo decir que necesitamos evidencia, sí. Pero también necesitamos un poco de magia. No magia como fantasía, sino como esa chispa que aparece cuando una persona se siente escuchada de verdad.
— En tu caso, esa búsqueda también te llevó a Bután y al GNH. ¿Cómo empezó esa relación?
Llegué a Bután invitado a colaborar con organizaciones de la sociedad civil. Era un momento muy interesante: la monarquía había dado un paso atrás, la democracia estaba tomando forma, y muchas organizaciones estaban sosteniendo espacios esenciales para la comunidad.
Allí entré en contacto más profundo con la Felicidad Nacional Bruta.
Lo que me interesó del GNH no fue verlo como “la respuesta”, sino como una pregunta muy poderosa: ¿qué entendemos por éxito?
Esa pregunta conecta directamente con mi campo. Porque muchas personas, y también muchas organizaciones, siguen midiendo su evolución desde indicadores demasiado externos: estatus, ingresos, posición, reconocimiento.
El GNH abre otra mirada: qué está ocurriendo por dentro, cómo vivimos, qué tipo de vida estamos construyendo.
— Nos conocimos precisamente en Bután, durante el GNH Forum. ¿Qué recuerdas de aquel encuentro con Economía Humana?
Recuerdo la sensación de encontrar personas que estaban pensando desde otro lugar. No solo desde una mirada global, sino desde una mirada interconectada. Personas capaces de ver vínculos, relaciones, resonancias.
Eso no es tan común.
Muchas veces quienes piensan así se sienten bastante solos. Por eso fue tan valioso encontraros allí. Había algo compartido: la intuición de que necesitamos nuevas formas de mirar lo humano, las organizaciones y la vida colectiva.
— Después leíste nuestro libro. ¿Qué te resonó especialmente de Economía Humana?
Me resonaron mucho las historias. Historias en contextos muy distintos, con personas y organizaciones diferentes, pero atravesadas por algo común. Eso me pareció importante, porque cuando una idea aparece en tantos lugares distintos, quizá está tocando algo universal.
También me interesó mucho que Economía Humana ponga lenguaje a algo difícil: la idea de que hay más verdad de la que podemos ver, tocar o medir con los sentidos habituales.
Vivimos en un mundo que ha reducido mucho la idea de conocimiento. Pero hay otras formas de saber. Otras formas de percibir. Y creo que ahí vuestra mirada aporta algo muy necesario.
— Dijiste algo muy potente: que hoy el conocimiento se ha convertido en una mercancía. ¿Qué significa eso?
Hoy cualquiera puede acceder a información. Puedes preguntarle a una inteligencia artificial y obtener respuestas inmediatas. Eso cambia completamente el valor del conocimiento.
La pregunta ya no es solo cuánto sabes. La pregunta es: ¿cómo decides qué tiene sentido? Ahí aparece una competencia fundamental para el futuro: el discernimiento.
Cómo pensamos. Cómo interpretamos. Cómo elegimos. Cómo distinguimos lo que tiene profundidad de lo que solo parece brillante.
Y creo que Economía Humana puede aportar mucho ahí, porque ofrece una metodología para activar otra forma de inteligencia: más intuitiva, más relacional, más conectada con el contexto.
— En Economía Humana hablamos de intuición como una forma de inteligencia. ¿Cómo resuena eso contigo?
Desde que os conocí en Bután, he estado prestando más atención a mi intuición. No como una idea romántica, sino como una información que también puede ayudarnos a decidir.
Lo interesante es que la intuición no sustituye al pensamiento: lo complementa; ayuda a hacer mejores preguntas.
En mi experiencia con líderes y equipos, muchas veces lo que hace falta es bajar el ritmo. Crear espacio. Dejar que aparezca una claridad que no emerge cuando todo va demasiado rápido. Ahí veo una conexión muy clara con Economía Humana.
— ¿Qué crees que puede aportar Economía Humana al mundo en este momento?
Creo que puede aportar discernimiento. Estamos rodeados de información, pero no necesariamente de sabiduría.
Economía Humana puede ayudar a personas y organizaciones a detenerse, escuchar mejor y decidir desde un lugar más amplio.
También puede aportar una forma de integrar lo intangible sin perder rigor. Eso me parece muy valioso: no negar lo sutil, pero tampoco convertirlo en algo vago.
El mundo necesita metodologías que nos ayuden a tomar decisiones más humanas. Y creo que ahí hay una aportación muy importante.
— ¿Y cómo sientes que tu mirada también puede enriquecer a Economía Humana?
Quizá desde mi experiencia acompañando trayectorias profesionales, liderazgo y transición.
He visto muchas veces cómo una persona cambia cuando alguien escucha su historia de verdad. Y creo que eso conecta profundamente con vuestra mirada.
Mi campo puede aportar una comprensión muy concreta de cómo las personas atraviesan incertidumbre, cambio, pérdida, búsqueda de sentido.
Y Economía Humana puede aportar a ese campo una dimensión más profunda: cómo leer lo que no siempre aparece en la superficie.
Creo que ahí hay una conversación muy fértil.
— Si tuvieras que dejar una pregunta abierta a quienes lean esta conversación, ¿cuál sería?
Quizá esta:¿Qué estamos usando para decidir: solo información o también sabiduría?
Con Edwin la conversación no se queda en la vida profesional. Va más adentro.
Habla de sentido, de escucha, de intuición, de decisiones y de esa frontera tan delicada entre lo que sabemos y lo que todavía no hemos aprendido a leer.
Nos conocimos en Bután hablando de felicidad y desarrollo humano. Pero quizá lo que realmente empezó allí fue otra cosa: una conversación sobre cómo volver a confiar en formas de inteligencia que el mundo moderno había dejado en segundo plano.
Porque cuando el conocimiento se vuelve infinito, la pregunta ya no es quién sabe más, sino… ¿quién sabe escuchar mejor?




