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Voces de Economía Humana es un espacio para escuchar a las personas detrás de las ideas. Conversaciones íntimas con quienes están explorando nuevas formas de entender el bienestar, el desarrollo y la economía poniendo la vida en el centro.

En esta ocasión, conversamos con Ian Triay, Cónsul Honorario de Bután en España desde hace más de una década y presidente del GNH Centre Spain.

Ian ha estado vinculado directamente a la difusión y desarrollo del enfoque de la Felicidad Nacional Bruta (GNH) en España y Europa, conectando instituciones, organizaciones y espacios de diálogo en torno a este marco de desarrollo nacido en Bután.

Participa habitualmente en encuentros internacionales relacionados con bienestar, desarrollo humano y políticas públicas.

 

 

La conversación

 

— Ian, usted habla de felicidad en contextos donde normalmente se habla de dinero, poder o crecimiento. ¿No suena ingenuo?


No, si entendemos bien de qué hablamos. La felicidad no es estar siempre bien ni vivir eufóricos. Es algo más profundo. Tiene que ver con vivir de acuerdo a unos valores, con sentir que contribuyes, con saber que tus decisiones no dañan a otros ni al entorno.


— Bután es un país pequeño. ¿Cómo se atreve a cuestionar un modelo económico global?


Precisamente por eso. Al ser pequeño, pudo tomar una decisión valiente: no copiar sin pensar. En Bután se preguntaron qué necesitaban para vivir bien como pueblo, no para competir con otros países. Y se dieron cuenta de que medir solo el PIB dejaba fuera demasiadas cosas importantes.


— ¿Qué cosas deja fuera el PIB?


La calidad de los vínculos, la salud mental, el cuidado del entorno, la cultura, el sentido de comunidad. El dinero es importante, claro, pero no puede ser el único criterio. Como decimos a menudo, hay valores que impiden obtener ese dinero de cualquier manera.


— ¿Entonces el GNH es una alternativa al PIB?


No exactamente. No se trata de eliminar la economía, sino de ponerla en su lugar. El GNH cambia el centro. Pregunta primero cómo viven las personas y después cómo se organiza lo económico para sostener esa vida. Es una brújula, no una cifra mágica.


— Desde fuera, Bután suele idealizarse. ¿Es realmente así?


No. Y es importante decirlo. Bután no es un paraíso. Tiene problemas reales: emigración juvenil, tensiones entre tradición y modernidad, desafíos económicos. Pero lo interesante es que esos retos se miran desde una pregunta distinta: ¿cómo cuidamos el bienestar colectivo en medio de todo esto?


— ¿La felicidad se puede planificar desde un gobierno?


No como un estado emocional. Pero sí se pueden crear las condiciones para que las personas vivan mejor. Políticas que cuiden el tiempo, el entorno, la comunidad, la dignidad. La felicidad no es algo que “te pasa”, es algo que se cultiva.


— A veces pensamos que cambiar el mundo requiere grandes gestos.


Y no es así. En Bután aprendimos algo muy simple: no hay que pensar en algo enorme. Son las cosas pequeñas, cotidianas, coherentes, las que sostienen una visión en el tiempo. Eso vale para un país y también para una persona.


— ¿Qué cree que puede aprender Europa del enfoque GNH?


Quizá algo esencial: que el desarrollo no es solo avanzar más rápido, sino avanzar con sentido. Que no todo lo que crece mejora la vida. Y que medir distinto nos obliga a hacernos mejores preguntas.


— ¿Y a título personal? ¿Qué le sostiene a usted?


Las relaciones. Saber que lo que hago tiene impacto más allá de mí. Y mantenerme conectado a una visión que no separa lo humano de lo colectivo.


— Si tuviera que dejar una pregunta abierta para quien lea esta entrevista, ¿cuál sería?

Muy simple: ¿qué estamos midiendo cuando decimos que nos va bien?

 


Conversar con Ian no deja titulares fáciles. Deja algo más incómodo y más fértil: preguntas que se quedan.

En un mundo acelerado, hablar de felicidad desde la responsabilidad colectiva no es ingenuo. Es profundamente político. Y profundamente humano.

Por eso esta conversación forma parte de Voces de Economía Humana: un espacio para escuchar a quienes, sin alzar la voz, están ayudando a cambiar el centro.

Porque lo que se nombra, se cuida. Y lo que se cuida, puede sostenerse.

 

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